7/7/17

Las rutas de la muerte

Las pandillas se han obsesionado con el transporte público en Guatemala. En un país acostumbrado a la violencia, las extorsiones a propietarios y choferes de autobús se han convertido en una inmensa fuente de ingresos para las organizaciones criminales Mara Salvatrucha y Barrio 18. Porque tienen dinero todos los días y una ruta definida. El año pasado mataron a 39 conductores, aunque en 2014 fueron 102. Un descenso que esconde una dura realidad: se están evitando las muertes porque se están pagando sobornos. Mientras tanto, las viudas de pilotos y los huérfanos siguen creciendo.


Aquel año nadie lanzó cohetes el Día del Diablo, cuando los vecinos prenden fogatas para quemar las impurezas en sus vidas. Una multitud de personas colapsó los caminos de tierra, envueltos entre cobrizos troncos de jiote, hasta escurrirse en el cementerio donde hoy Orfa Padilla, de 54 años y con habilidad para caminar entre tumbas, dice:

—Allá es.

 Orfa señala, con el brazo extendido, la tumba de su hijo, a la que desciende con una destreza que no tuvo el 7 de diciembre de 2012, el día de su funeral.

 —Fue todo tan rápido, tan improvisado, que Chele no tenía un lugar asignado —recuerda su madre un día caluroso de este invierno seco.

El día anterior al del entierro habían velado el cadáver de José Rivera Padilla, “Chele”. La familia Orellana, propietaria del cementerio, le cedió a los Padilla un pequeño terreno. Orfa pagó el ladrillo y la argamasa, y sus hijos levantaron dos pequeñas tumba: una para su hermano, la otra para su ayudante, un hombre llamado Manuel.

Fue todo muy rápido: Chele había salido de casa el 6 de diciembre a las cinco de la mañana, como de costumbre, manejando el autobús de línea hasta la zona 1 de Ciudad de Guatemala. Pero a las nueve y media, a la altura de la ermita del Cerrito del Carmen, en pleno ombligo de la capital, lo asesinaron junto a Manuel. Llevaba un año trabajando como piloto. 

—Yo le dije: “No deberías de andar ahí” —explica Orfa, una mujer morena y gruesa, vestida con una larga falda y una camiseta sencilla sin mangas—, pero él me contó que se iba a ir en cuanto le dieran trabajo en la arrocera. Si él dejaba el autobús, me dijo, quién pagaría la luz y el agua. Solo él y el papá trabajaban. Chele sabía el riesgo que corría porque su amigo Valdemar había sido asesinado al volante dos años antes que él. A los siete meses de empezar a trabajar como chofer ya había sentido de cerca el silbido de las balas. Renunció y empezó a buscar otro empleo, pero dos semanas más tarde la situación parecía haberse calmado, la necesidad económica apretaba y el propietario del autobús le aseguró que ya no había peligro. Así que Chele empezó a trabajar de nuevo. 

Orfa supo que lo habían matado porque recibió una llamada de su marido: “Han baleado a Chele”. Tomó un taxi, llegó al lugar y vio la cinta amarilla que circundaba el autobús en el que su hijo y el ayudante habían sido asesinados a balazos. Comenzó a gritar, desesperada, “¡Lo mataron, lo mataron!”, pero no la dejaron pasar.

Chele tenía 23 años, una edad en la que aún no está permitido manejar autobuses, pero le ofrecieron el trabajo porque ya había conducido un camión de basuras, porque era responsable, porque todo el mundo le quería, porque las leyes en este oficio no son rígidas. Y porque en Guatemala nadie quiere ser chofer de autobuses.

 —Uno, dos, tres… cuento yo —explica Orfa en la colonia San Mauricio, Palencia, a 30 kilómetros de la capital, donde cuenta con los dedos al menos tres muertos en autobuses en dos años: Valdemar, Jennifer y su hijo.

La tumba de Chele, embadurnada de pintura esmeralda desconchada, está enfrente de la de Jennifer (1988-2014). Hasta el color es prestado; Orfa se da vuelta y señala una pared de nichos del mismo color donde está Marina, una mujer que murió con 88 años. A la familia de Marina le sobró verde esmeralda y se lo regalaron a Orfa. 

En la lápida de Chele, sus padres mandaron grabar un sombrero y un toro, porque él amaba los rodeos, los caballos, el jaripeo. Ahora hay un florero con dos tarros: claveles blancos en el derecho; rosas desteñidas en el izquierdo. Orfa quisiera llenarlo de macetas y de flores. Cubrirlo de pétalos. Pero —insiste— están de prestado.

—Los patojos dicen que a ver si lo compran y construyen ahí para arriba. Para cualquiera de nosotros: uno nunca sabe. Mira a mi esposo, está internado porque se puso a chupar de la pena.

La madre de Chele prefiere las flores artificiales porque las naturales se llenan de moscas y se las comen las vacas.


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Sigue en el número de julio de la revista Gatopardo.




2 comentarios:

Placas funerarias dijo...

Es una perdida terible que la de su hijo. Esta publicación es muy bien escrita y sentimos las emociones.
Era tan joven.

Diego Cobo dijo...

Guatemala se desangra, y el sector del transporte es especialmente sensible