18/6/17

La luz disimulada

Las luces en Concord están disimuladas. Es lo que me gusta de esta inmensa placenta donde germinaron, entre el silencio y un ligero rumor, grandes seres humanos: que sin mostrar enseñan, sin alumbrar guían, sin deslumbrar iluminan. Entre un humo de neblina y lluvia, todo lo que el cielo aquí envuelve es de esa naturaleza purificadora que sazonan los grillos, la lluvia que primero se anuncia en las hojas de los robles, luego cae en los párpados y después en el corazón.

En la alquimia del tiempo no se detienen los conductores, que siguen las señales de la carretera con absorción, ignorando que en las márgenes de sí mismos todo sacude como un vendaval. Este milagro de la historia tan revelador como la Academia de Atenas y sin embargo más disimulado, menos machacado y mezclado en el humus de la historia, parece más reservado al ojo que se posa en la verdad de modo menos evidente. 

Las luces de las casas y las calles en Concord, ya lo decíamos, están disimuladas. Pueden llover ráfagas de verdad, puede temblar lo único que importa, gritar lo único que es; los arces pueden enrojecer hasta la última consecuencia, las estrellas hincharse hasta reventar y los caminos acabar y empezar en casa de Emerson que los conductores seguirán aplastándose a sí mismos rumbo a Waltham y Lowell.

Llegando en tren, el revisor gritó Concord como primero lo había hecho con Lincoln, moviendo la pierna de nervios, como antes lo había hecho al anunciar que el tren se detenía en Belmont o había regañado a unos muchachos con bicicleta. Si yo fuera el revisor del tren y parara en Concord gritaría a los cuatro vientos que la próxima parada es “el lugar más estimable del mundo”, vientre de sabiduría, pistilo de la historia. Me dejaría la voz en decir que aquí está todo lo que el ser humano busca. Quizá alguien escuchara con el alma. 

A mí Concord me apasiona. No solo es la belleza de su centro y sus afueras. Es la piel y las costillas, el tallo y la sabia que corretea invisible. Concord es un néctar impredecible, es la sangre del cielo, las palabras minúsculas de los dioses que se pronuncian en voz baja, con la luz a medio gas y disimulada, como el oro mezclado con la tierra. En estas tierras quizá no broten ficus pero los pinos blanco, las manos de los robles y los arces rojos bien dan para repetir, 108 veces, quién soy yo.


Walden Pond.

No hay comentarios: