3/6/17

Esquivar perros

Cierta tarde, hace ya unos años y trotando en la sierra madrileña, salieron a mi paso varios perros y tuve que encaramarme en una encina. Es ya un clásico para el corredor el que le salgan perros al encuentro. El movimiento de uno les mueve, les enciende los pasos y les levanta de su letargo. 

Mi padre, cuando sale de excursión, lleva un bastón de espino disecado en el maletero. 

–¿Para qué?

–Por si salen los perros. 

Cuando salgo a correr, desde pequeño, siempre salen perros. Quizá para contrarrestarlo a veces salgo a correr con el mío: lo suelto y él, en un tira y afloja, no se aleja más de 100 metros. El problema es que se detiene a husmear los ladridos de los demás. Entonces, tengo que lidiar con dos o tres perros a la vez.

He corrido en muchos sitios con la amenaza de animales persiguiendo. En las montañas rocosas canadienses, recuerdo, di media vuelta cuando un camino de pinos encerraba la carretera y las advertencias de osos se mezclaban con el atardecer y el miedo. En unos humedales de Suráfrica fueron los hipopótamos los que infundaban terror cuando, de noche, salí a pasear: esos animales son quienes se cobran más víctimas. A veces malandros –corriendo por ciudades donde no se recomienda hacer ciertas cosas a ciertas horas–, a veces animales que le hacen a uno encaramarse a una rama, a veces la lírica del pavor. En Alaska, por ejemplo, fui previsor con los osos: lanzaba una cuerda hacia una rama alta y allí colgaba la comida, alejada de mi tienda de campaña. También llevaba un espray de pimienta de diez centímetros que ya me imaginaba disparando contra el animal. Sin embargo, a la altura de Fairbanks, me hablaron de otro problema para el viajero al aire libre: los lobos. 

A partir de ese momento saqué el cuchillo de los confines de las alforjas para ponerlo en el manillar de la bicicleta.

 *

Hasta donde me alcanza la memoria, he trepado árboles en el campamento, en casa, en el bosque: para poner nidos, para coger higos, para cortar ramas. 

Tengo un amigo que, cuando bebe, se sube a árboles. Una noche, cuando la oscuridad era densa y afuera llovía y el silencio era un graznar del viento, alguien miró a la copa de un nogal y allí vio un bulto tímido. Era él. 

Ayer salí a correr por el municipio de Cota, a las afueras de Bogotá. Tuve que esquivar más de una docena de perros: tumbados, tras de mí, delante, en medio de la carretera, imaginarios, contra las cercas de las casas. Algunos ladraron, otros se quedaron inmóviles, otros corrieron tras mi sombra. Ninguno amenazó mis carnes, aunque si olfatearon el rastro del sudor que iba dejando. Cuando llegue a casa, cansado, y me pregunten qué hice por este país, la respuesta será --ovbia-- la de siempre:  

–Esquivar perros.

5 comentarios:

Miguel dijo...

Un interesante tu post. Los animales nos acompañan, y tenemos que saber convivir con ellos midiendo las distancias. Sin irrumpir en su territorio. Gozando a pleno pulmón de la naturaleza...

Un saludo

Ferragus dijo...

No sé la razón, pero el texto me dejó de buen ánimo. saludos.

Diego Cobo dijo...

Quisiera ser civilizado como los animales... Cómo la canción

Qué razón

Diego Cobo dijo...

A veces da igual el porqué

MónicaV dijo...

Qué gusto compartir los paseos por la naturaleza con algún ser vivo...aunque pueda ser salvaje