21/7/17

Concord, cuna de la Revolución Americana

Ralph Waldo Emerson lo describió como «una mente tan libre y recta como ninguna otra que he conocido». Las palabras, anotadas en su diario en febrero de 1838, se referían a Henry David Thoreau (1817-1862), a quien había conocido un año antes. Thoreau era un joven de 19 años que aún estudiaba en Harvard y que, con el tiempo, se convertiría en un prolífico escritor, filósofo y naturalista que filtró a la historia una vasta sabiduría y un puñado de libros. Walden, el más universal.


Ambos eran vecinos de Concord, Massachusetts, una bonita población a 30 kilómetros de Boston que ya está preparando un particular festejo: el bicentenario del nacimiento de esta alma infinita.

«He viajado mucho en Concord», bromeó en Walden, una obra que nació de su estancia a la orilla de la laguna homónima, a las afueras de este pueblo donde el otoño de Nueva Inglaterra inflama en llamas su vegetación. La laguna en la que Thoreau habitó durante dos años es el reclamo más universal; una poza circundada de arena que posee el mismo semblante que él no se cansó de describir -pinos tea, algún pescador, el reflejo luminoso del bosque, el traqueteo del tren- y que acunó sus interminables horas.

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16/7/17

El nuevo rostro de Nueva Orleans

Natasha escuchó un rugido, como una explosión minera, y vio una masa ondulante de agua acercarse a su casa. Agrupó a su familia y se encaramaron en el tejado de casa, la mitad de una vivienda que compartían con otra familia. Allí estuvieron seis horas, hasta que los equipos de salvamento les subieron a una barca y los sacaron del Lower Ninth Ward, el barrio de Nueva Orleans en el que vivían.

Era el 29 de agosto y Natasha Mulllers, 30 años y una risa a borbotones, es una de las supervivientes del huracán Katrina, que se llevó la vida 1.800 personas y que dejó la ciudad arrasada. Los vientos y las fuertes marejadas rompieron el cinturón de diques de una ciudad que se encuentra por debajo del nivel del mar. El 80% quedó anegada durante semanas, pero doce años después Nueva Orleans sigue inmersa en otras aguas: las de una transformación sin precedentes.

Natasha regresó a su casa, a cuatro calles del Canal Industrial –cuyos muros, hoy reconstruidos, reventaron–, semanas después de su exilio en Alabama.Un barco de carga atravesaba su casa, deshecha. Se volvió a Alabama. “Ahora tengo una vida, con una familia y una nueva casa”, dice aliviada.

El Lower Ninth Ward (distrito 9 inferior) podría pasar por un barrio burgués encajado entre el Mississipi, un canal y un pantano, con construcciones vanguardistas y jardines aseados. Pero la tragedia se asoma en cimientos descarnados, casas abandonadas, carreteras devoradas por la hierba y las caras de dolor: la de propietarios que cuidan los terrenos donde hace una docena de años se levantaba su casa. La ciudad de Nueva Orleans ha empezado a expropiar los jardines que están enmarañados de vegetación para subastarlos, porque a estas alturas ya nadie los reclamará.

Este distrito a ras del agua y compuesto en un 98% por población negra, fue el barrio más castigado por la catástrofe; un barrio de familias obreras de bajos ingresos y desempleados –más de la mitad de los hombres negros de la ciudad lo están– de espíritu comunitario que contaban con una pequeña ventaja, porque el distrito tenía el mayor índice de viviendas en propiedad de toda la ciudad. Pero el huracán cambió esa suerte: al no tener deudas con el banco, tampoco tenían un seguro de hogar, obligatorio si se está pagando una hipoteca. Muchas familias perdieron todo.

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7/7/17

Las rutas de la muerte

Las pandillas se han obsesionado con el transporte público en Guatemala. En un país acostumbrado a la violencia, las extorsiones a propietarios y choferes de autobús se han convertido en una inmensa fuente de ingresos para las organizaciones criminales Mara Salvatrucha y Barrio 18. Porque tienen dinero todos los días y una ruta definida. El año pasado mataron a 39 conductores, aunque en 2014 fueron 102. Un descenso que esconde una dura realidad: se están evitando las muertes porque se están pagando sobornos. Mientras tanto, las viudas de pilotos y los huérfanos siguen creciendo.


Aquel año nadie lanzó cohetes el Día del Diablo, cuando los vecinos prenden fogatas para quemar las impurezas en sus vidas. Una multitud de personas colapsó los caminos de tierra, envueltos entre cobrizos troncos de jiote, hasta escurrirse en el cementerio donde hoy Orfa Padilla, de 54 años y con habilidad para caminar entre tumbas, dice:

—Allá es.

 Orfa señala, con el brazo extendido, la tumba de su hijo, a la que desciende con una destreza que no tuvo el 7 de diciembre de 2012, el día de su funeral.

 —Fue todo tan rápido, tan improvisado, que Chele no tenía un lugar asignado —recuerda su madre un día caluroso de este invierno seco.

El día anterior al del entierro habían velado el cadáver de José Rivera Padilla, “Chele”. La familia Orellana, propietaria del cementerio, le cedió a los Padilla un pequeño terreno. Orfa pagó el ladrillo y la argamasa, y sus hijos levantaron dos pequeñas tumba: una para su hermano, la otra para su ayudante, un hombre llamado Manuel.

Fue todo muy rápido: Chele había salido de casa el 6 de diciembre a las cinco de la mañana, como de costumbre, manejando el autobús de línea hasta la zona 1 de Ciudad de Guatemala. Pero a las nueve y media, a la altura de la ermita del Cerrito del Carmen, en pleno ombligo de la capital, lo asesinaron junto a Manuel. Llevaba un año trabajando como piloto. 

—Yo le dije: “No deberías de andar ahí” —explica Orfa, una mujer morena y gruesa, vestida con una larga falda y una camiseta sencilla sin mangas—, pero él me contó que se iba a ir en cuanto le dieran trabajo en la arrocera. Si él dejaba el autobús, me dijo, quién pagaría la luz y el agua. Solo él y el papá trabajaban. Chele sabía el riesgo que corría porque su amigo Valdemar había sido asesinado al volante dos años antes que él. A los siete meses de empezar a trabajar como chofer ya había sentido de cerca el silbido de las balas. Renunció y empezó a buscar otro empleo, pero dos semanas más tarde la situación parecía haberse calmado, la necesidad económica apretaba y el propietario del autobús le aseguró que ya no había peligro. Así que Chele empezó a trabajar de nuevo. 

Orfa supo que lo habían matado porque recibió una llamada de su marido: “Han baleado a Chele”. Tomó un taxi, llegó al lugar y vio la cinta amarilla que circundaba el autobús en el que su hijo y el ayudante habían sido asesinados a balazos. Comenzó a gritar, desesperada, “¡Lo mataron, lo mataron!”, pero no la dejaron pasar.

Chele tenía 23 años, una edad en la que aún no está permitido manejar autobuses, pero le ofrecieron el trabajo porque ya había conducido un camión de basuras, porque era responsable, porque todo el mundo le quería, porque las leyes en este oficio no son rígidas. Y porque en Guatemala nadie quiere ser chofer de autobuses.

 —Uno, dos, tres… cuento yo —explica Orfa en la colonia San Mauricio, Palencia, a 30 kilómetros de la capital, donde cuenta con los dedos al menos tres muertos en autobuses en dos años: Valdemar, Jennifer y su hijo.

La tumba de Chele, embadurnada de pintura esmeralda desconchada, está enfrente de la de Jennifer (1988-2014). Hasta el color es prestado; Orfa se da vuelta y señala una pared de nichos del mismo color donde está Marina, una mujer que murió con 88 años. A la familia de Marina le sobró verde esmeralda y se lo regalaron a Orfa. 

En la lápida de Chele, sus padres mandaron grabar un sombrero y un toro, porque él amaba los rodeos, los caballos, el jaripeo. Ahora hay un florero con dos tarros: claveles blancos en el derecho; rosas desteñidas en el izquierdo. Orfa quisiera llenarlo de macetas y de flores. Cubrirlo de pétalos. Pero —insiste— están de prestado.

—Los patojos dicen que a ver si lo compran y construyen ahí para arriba. Para cualquiera de nosotros: uno nunca sabe. Mira a mi esposo, está internado porque se puso a chupar de la pena.

La madre de Chele prefiere las flores artificiales porque las naturales se llenan de moscas y se las comen las vacas.


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5/7/17

Thoreau, el vecino ilustre de Concord

“En altura, estaba en el promedio; en figura era delgado, con miembros más largos de lo normal, o de los que hacía uso. Su cara, una vez vista, no podía olvidarse”. El poeta Ellery Chaning recordaba así a su amigo Henry David Thoreau de quien también dijo que su “mano apretada presagiaba un propósito”.

Thoreau es uno de los nombres claves de la literatura de Estados Unidos. Nacido en Concord en 1817, una apacible villa a 30 kilómetros de Boston (Massachusetts), no se conformó con teorizar acerca del individuo, sino que prefirió encarnarlo. Su propósito, en todo caso, fue el de ser fiel su naturaleza. Y eso es lo que le hizo aferrarse a sus principios como única brújula. Porque, alejado de las normas sociales, Thoreau hizo de su vida un canto a la sencillez y más en sintonía con las leyes de la naturaleza que de los hombres. 

Este precursor de la desobediencia civil huyó de toda convención y realizó todo tipo de oficios, desde fabricar lápices a maestro de escuela o agrimensor. Pero si sus ideas y ejemplo ha llegado a nuestros días es porque lo plasmó –con su ejemplo y palabras– en un reguero de libros. Walden, o la vida en los bosques es su obra más universal, en la que narra su estancia de dos años a la orilla de la laguna del mismo nombre. 

Thoreau se había graduado en Harvard a los 19 años, una época en la que ya se vislumbraba su rectitud. Si con 17 años le había dicho a un profesor, ante una exigencia académica y a modo de protesta, que no reconocía su autoridad, el joven estudiante acabó su etapa universitaria con una declaración de intenciones en la ceremonia de graduación. Allí pronuncio un discurso en el que afirmó que el espíritu comercial de esos tiempos generaba egoísmo y que solo se debería de trabajar un día a la semana; los seis restantes deberían de convertirse en “el domingo de los afectos y del alma”. 

En una época y un lugar fuertemente atravesados por la filosofía puritana del trabajo y el esfuerzo, las declaraciones del estudiante eran revolucionarias, pero ya apuntaban al corazón de la vida que iba a llevar. Era el año 1836 y aquel espíritu libre iba a recibir un espaldarazo: sacó de la biblioteca el ensayo Nature, que había escrito el año anterior el filósofo Ralph Waldo Emerson. Y, entonces, vio que no estaba solo.

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Sigue en el número de julio de la revista La Aventura de la Historia.



21/6/17

El pintor que abrió un museo por su divorcio

A Pedro Díaz Obregón la pintura —asegura— le ha evitado «hacer muchas tonterías», aunque no un divorcio traumático. Todo empezó ahí: se dolió tanto que de tanta sangre su pintura merodeó en lienzos que cubren ahora cinco salas del Museo Pobre del Pintor. «La pintura», dice «me absorbió».

Díaz Obregón no oculta aquel desgarro que aún colea, como intacto. No hay párrafo que no vaya acompañado de la coletilla «mi exmujer», ni dardo que no vaya contra su exmujer, pero al fin, aflojando, dice que no tiene una cruzada contra —de nuevo— su exmujer, sino contra el sistema judicial: 

—Me siento discriminado no como hombre, sino como bueno. 

Del divorcio hace ya muchos años —«pon el año 90»—; muchos más de la pintura —años 40—, pero el Museo Pobre del Pintor, a la sombra del monasterio franciscano en Soto Iruz, Cantabria, no tiene más de 15 años. 

Díaz Obregón tiene 79 años y unos ojos azules como el río Pas, que apenas balbucea en esta primavera seca a su paso por el pueblo, y unos ágiles dedos que han hibernado en los últimos meses. No le gusta pintar con frío, aunque para él lo más gélido es su historia. «Yo era el ser más despreciable de la humanidad», dice con una mueca. El episodio le costó la relación con sus tres hijos, que va retomando como a pequeños sorbos con uno de ellos, el varón.

—¿Sí?

—Después de 25 años y gracias a mi nuera. Las mujeres son más incisivas.

El divorció le llevó por delante, durante 25 años, el contacto con ellos, pero ahora se concede una tregua burlona porque «los tres chavales», dice, «estudiaron arte: ninguno costura, como mi ex».

La casa donde vive, pinta, maldice y expone la compró en 1982 cuando intuyó que tenía que tener un vientre de ballena donde recrear su mundo, hacer lo que le viniera en gana; ir, venir, salir, volver —o no—, entrar y dejar entrar. 

—Aquí no viene nadie: no sé si lo he pasado putas o canutas.

Dice Díaz Obregón, que más tarde contará que sí viene mucha gente (esta mañana tres coches llenos de una misma familia), cada día o tres caminantes que llegan desde un balneario cercano, otros a quienes les llega en un soplo que un pintor se pelea contra sí mismo en un museo que alguna vez fue una cuadra. 

Así ha llegado a media tarde un matrimonio de pensión anémica y ganas de apretar el gatillo, de desear tiempos de más orden, menos inmigrantes, más seguridad. Díaz Obregón, apretando los labios, es amable: deja que ambos se extiendan y magreen la realidad a su antojo. Entonces resuelve el discurso de ambos con un simpático «hombre, yo no creo que sea así». El matrimonio, afable, de esos que se han quemado las pestañas trabajando, dice que volverá al museo otro día. Díaz Obregón, defensor de causas perdidas, les responde:

—Pero yo volveré a hablar de lo mío.


Pedro Díaz Obregón. Foto: Guillermo Ezquerra

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18/6/17

La luz disimulada

Las luces en Concord están disimuladas. Es lo que me gusta de esta inmensa placenta donde germinaron, entre el silencio y un ligero rumor, grandes seres humanos: que sin mostrar enseñan, sin alumbrar guían, sin deslumbrar iluminan. Entre un humo de neblina y lluvia, todo lo que el cielo aquí envuelve es de esa naturaleza purificadora que sazonan los grillos, la lluvia que primero se anuncia en las hojas de los robles, luego cae en los párpados y después en el corazón.

En la alquimia del tiempo no se detienen los conductores, que siguen las señales de la carretera con absorción, ignorando que en las márgenes de sí mismos todo sacude como un vendaval. Este milagro de la historia tan revelador como la Academia de Atenas y sin embargo más disimulado, menos machacado y mezclado en el humus de la historia, parece más reservado al ojo que se posa en la verdad de modo menos evidente. 

Las luces de las casas y las calles en Concord, ya lo decíamos, están disimuladas. Pueden llover ráfagas de verdad, puede temblar lo único que importa, gritar lo único que es; los arces pueden enrojecer hasta la última consecuencia, las estrellas hincharse hasta reventar y los caminos acabar y empezar en casa de Emerson que los conductores seguirán aplastándose a sí mismos rumbo a Waltham y Lowell.

Llegando en tren, el revisor gritó Concord como primero lo había hecho con Lincoln, moviendo la pierna de nervios, como antes lo había hecho al anunciar que el tren se detenía en Belmont o había regañado a unos muchachos con bicicleta. Si yo fuera el revisor del tren y parara en Concord gritaría a los cuatro vientos que la próxima parada es “el lugar más estimable del mundo”, vientre de sabiduría, pistilo de la historia. Me dejaría la voz en decir que aquí está todo lo que el ser humano busca. Quizá alguien escuchara con el alma. 

A mí Concord me apasiona. No solo es la belleza de su centro y sus afueras. Es la piel y las costillas, el tallo y la sabia que corretea invisible. Concord es un néctar impredecible, es la sangre del cielo, las palabras minúsculas de los dioses que se pronuncian en voz baja, con la luz a medio gas y disimulada, como el oro mezclado con la tierra. En estas tierras quizá no broten ficus pero los pinos blanco, las manos de los robles y los arces rojos bien dan para repetir, 108 veces, quién soy yo.


Walden Pond.

8/6/17

Santi

... si sé mucho o no se nada
ya mañana se verá
y será lo que será

–José Feliciano


Santi me enseñó el jardín con esa curiosidad que los dioses tienen reservados a lo niños. Ellos son quienes perciben las cosas tal y como son y por eso señaló un árbol de tomates voladores que caían de un hilo. Después me llevó al fondo, hasta las plantas aromáticas resguardadas por un muro blanco, luego a unos arbustos en llamas “que no tenían fruto” y de los que, ocultos, despuntaban unas pequeñas vainas. Santi sabe.

Hará un par de días, sobre una servilleta en la mesa del comedor, empezó a diseñar una catapulta gigante. Quería unos neumáticos de coche para posar una maquinaria en la que quería lanzar lejos, muy lejos, algo. Aún no sabe qué. Tiene también preguntas maduras, como los tomates ya colorados que se descuelgan del árbol, y una actitud meditabunda. Cuando retumbaba el timbre, él salía corriendo de la casa y venía a abrir la puerta, con tres cerraduras, mientras le agarraba el morro al perro para que no se escabullera por la breve apertura. Santi es así.

Escribo desde Santiago (de Cali); estos dedos enfundados, esta cáscara que me cubre, se llama de algún modo Santiago puesto que Diego es una astilla de ese nombre. Pienso en Santi, de quien si estuviera en Concord y nevara y él saliera al jardín le fabricaría albarcas rudimentarias, como hacía él con sus sobrinos

Por cierto, G. estaba en Santiago (de Compostela) cuando alguien le chivó que debía de irse a vivir a Santander, cuyo patrono es Santiago. Ahora le acaba de nacer, sin previo aviso, Santiago, que es un poco de todos, como el cielo que nos acuna. Como que todos nos vamos ya encontrando.

Santi & Locky

3/6/17

Esquivar perros

Cierta tarde, hace ya unos años y trotando en la sierra madrileña, salieron a mi paso varios perros y tuve que encaramarme en una encina. Es ya un clásico para el corredor el que le salgan perros al encuentro. El movimiento de uno les mueve, les enciende los pasos y les levanta de su letargo. 

Mi padre, cuando sale de excursión, lleva un bastón de espino disecado en el maletero. 

–¿Para qué?

–Por si salen los perros. 

Cuando salgo a correr, desde pequeño, siempre salen perros. Quizá para contrarrestarlo a veces salgo a correr con el mío: lo suelto y él, en un tira y afloja, no se aleja más de 100 metros. El problema es que se detiene a husmear los ladridos de los demás. Entonces, tengo que lidiar con dos o tres perros a la vez.

He corrido en muchos sitios con la amenaza de animales persiguiendo. En las montañas rocosas canadienses, recuerdo, di media vuelta cuando un camino de pinos encerraba la carretera y las advertencias de osos se mezclaban con el atardecer y el miedo. En unos humedales de Suráfrica fueron los hipopótamos los que infundaban terror cuando, de noche, salí a pasear: esos animales son quienes se cobran más víctimas. A veces malandros –corriendo por ciudades donde no se recomienda hacer ciertas cosas a ciertas horas–, a veces animales que le hacen a uno encaramarse a una rama, a veces la lírica del pavor. En Alaska, por ejemplo, fui previsor con los osos: lanzaba una cuerda hacia una rama alta y allí colgaba la comida, alejada de mi tienda de campaña. También llevaba un espray de pimienta de diez centímetros que ya me imaginaba disparando contra el animal. Sin embargo, a la altura de Fairbanks, me hablaron de otro problema para el viajero al aire libre: los lobos. 

A partir de ese momento saqué el cuchillo de los confines de las alforjas para ponerlo en el manillar de la bicicleta.

 *

Hasta donde me alcanza la memoria, he trepado árboles en el campamento, en casa, en el bosque: para poner nidos, para coger higos, para cortar ramas. 

Tengo un amigo que, cuando bebe, se sube a árboles. Una noche, cuando la oscuridad era densa y afuera llovía y el silencio era un graznar del viento, alguien miró a la copa de un nogal y allí vio un bulto tímido. Era él. 

Ayer salí a correr por el municipio de Cota, a las afueras de Bogotá. Tuve que esquivar más de una docena de perros: tumbados, tras de mí, delante, en medio de la carretera, imaginarios, contra las cercas de las casas. Algunos ladraron, otros se quedaron inmóviles, otros corrieron tras mi sombra. Ninguno amenazó mis carnes, aunque si olfatearon el rastro del sudor que iba dejando. Cuando llegue a casa, cansado, y me pregunten qué hice por este país, la respuesta será --ovbia-- la de siempre:  

–Esquivar perros.

27/5/17

Esto es África

Le hubiera gustado llamarse Benko, Okoro, Okeke o Sando, pero el registro de 1967 solo aceptó “Manuel”. El nombre tomó ramas españolas, pero África siguió batiendo su sangre en silencio, como el rumor de los arroyos que comienzan a deslizarse por el Palenque San Basilio a la una del mediodía: media hora antes el cielo ha estallado, las luces han palpitado del susto y la luz se ha escurrido. 

Sin luz, sin nombres ni suelos pavimentados. Lo único que aquí permanece es la esencia negra. “Esto es África”, dice Manuel.

El Palenque fue el el primer refugio de los esclavos rebeldes de Colombia. Estaban agotados de trabajar los campos fértiles que solo la lluvia y el cálido aliento bastan para hacer brotar todo con furia. Manuel cultiva yuca, maíz y plátano; también cultiva música: toca la guacharaca en el Sexteto Tabalá. Y una especie de humor corrosivo que culpa a españoles, gobernantes y todo el que se mueva.

–Pareces enfadado. 

–Eso nos dicen mucho–, responde–, que el palenquero está enfadado, pero es nuestra manera de hablar. 

“Claaaaro”, es su sonora respuesta a muchas dudas que tengo. Si llueve mucho: “claaaaaro”; si hace calor: “claaaaro”; si hace conciertos: “claaaro”; si las casas son firmes: “claaaaro”; si está en paz, si le gusta lo rural; si come sano, tiene hijos, está casado, mira las estrellas, conoce a Ambrosio Delgado, si hay médico en el pueblo: “claaaaro”.



20/5/17

Me he pintado

... y una vez lleno de barro, 
como caballo golpeado voy trotando por el cielo 

– Carlos Chaouen


Me he pintado
en el brazo
iniciales de tu nombre
traducido al braile.