18/8/17

Guatemala, la penúltima frontera

Es fácil. Cruzar ilegalmente la frontera que separa Guatemala de México es muy fácil: basta con pagar tres dólares y subirse en una balsa para llegar a la otra orilla del río Suchiate. Es un trayecto de apenas 100 metros, envuelto en el bullicio de comerciantes de contrabando —“¡esto es para alimentar a nuestra familias!”, grita uno, enfadado—, cambistas y predicadores.

Foto: Gerson Cifuentes
Cerca de allí, sobre un pasadizo alargado, está la aduana oficial de Tecún Umán, desde la que se contempla el movimiento comercial de un río marrón y perezoso. Pero en los últimos tiempos un nuevo fenómeno ha crecido en la frontera: el tránsito de miles de centroamericanos rumbo a Estados Unidos.

“El problema no es cruzar la frontera, sino atravesar México”, aclara el misionero escalabriniano Ademar Barilli, director de la Casa del Migrante de Tecún Umán. Allí es donde los migrantes en tránsito comen, y descansan antes de seguir su camino. Ayer llegó una treintena, pero a media mañana apenas quedan cuatro o cinco. “Ya se han ido”, resuelve Barilli. El año pasado desfilaron por aquí 6.000 personas.

Dima Yuman —camisa a cuadros, gorra de béisbol, dientes de oro— lo hará en dos días. “Por el amor a mi hija y a la familia; la aventura es llevar fe en el nombre de Dios”, explica este guatemalteco mientras desgrana una planta de chile. Yuman, que fue deportado de vuelta a su país en el año 2014 tras 30 años viviendo en Tulsa en el Estado de Oklahoma, quiere regresar a EE UU. Ya lo intentó en 2016, más de 30 años después de conseguirlo. “En aquel tiempo era más fácil”, admite. El año pasado, en cambio, tardó cinco días en llegar a la frontera. "Pero regresé porque no quise arriesgarme a pasar".

Como Yuman, cerca de 400.000 personas atraviesan cada año el límite entre Guatemala y México, la última barrera oficial antes de toparse con la frontera estadounidense. Violencia, abusos, secuestros y extorsiones acompañan el viaje en territorio mexicano rumbo al norte. 

— Y con esos riesgos, ¿no les sugieren que desistan?

—Nunca—, responde Barilli—. Les damos información, pero es su decisión. Muchos están amenazados por la violencia, no podemos decirles que regresen a esos países de los que huyen.

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6/8/17

Libertad

Hablaban sobre la libertad los hombres más presos de sus prejuicios. Si algo hay estampado en esta conjunción de seres llamada sociedad es eso. Las palabras son cáscaras, etiquetas que recubren algo real y que llegan ya con el pulso leve al corazón de los demás. Son lo que tenemos para manejarnos en el día a día, pero no son nada por sí mismas aunque taladren nuestros oídos. Solo si van cargadas de savia ese sonido se hundirá en nuestras raíces.

Recientemente estuvimos en Madrid celebrando el 200 cumpleaños de nuestro amado Henry. A mí me tocó hablar de su importancia sociopolítica, por lo que anduve pensando qué podría transmitir bajo el sonoro título y sobre alguien que alguna vez pidió palabras que ningún intelecto pudiera comprender. Si –como el mismo expresó– el silencio es el megáfono de la verdad, ¿cómo tallar en el aire lo inconmensurable de una certeza?

La intervención partió sobre la libertad. Pero ¿qué significa eso?, ¿es solo una palabra?, ¿basta ser libre diciendo que eres libre? ¿cómo transmitirlo sin chapotear en un lenguaje religioso que desoriente, por prejuicios, la esencia?

Sabemos por qué Thoreau se fue a Walden y por qué en ese momento, después de cuatro años meditándolo. También sabemos qué le pasó al poeta Ellery Channing en su retiro en aquella llanura de Illinois. Sabemos qué fue Atenas, qué es Dios y dónde está, nos hemos hecho la pregunta “¿quién soy yo?” y hemos desplegado la dinamita para comenzar a quebrar todo lo que sobra y nos despistaba.

Sri Yukteswar, el maestro de Yogananda –uno de los grandes yoguis del siglo XX– solía decir: “La sabiduría no se asimila con los ojos, sino con los átomos. Cuando la convicción de una verdad no esté únicamente en tu cerebro, sino en todo tu ser, entonces quizás podrás dar testimonio de su significado”.

¿De qué sirve saberse de memoria la conversación entre Krisna y Arjuna si solo son palabras? O, por volver con Yukteswar, “si uno dedica el tiempo a hacer ostentación de su conocimiento de las escrituras, ¿qué tiempo queda para la silenciosa meditación interior que se sumerge profundamente y encuentra las inapreciables perlas?”

Aunque el mala que abraza este cuello y cae hasta el ventrículo sea, a ojos ajenos –como si la eternidad se casara con la moda–, un abalorio; si ‘yo’

Me he pintado
en el brazo
iniciales de tu nombre
traducido al braile

es para contemplarme desde afuera, desde las márgenes, para latir con ellos, contigo, con ella, con todo en la comunión de lo que es. Todo cabe en dos siluetas: el resumen de los 31 años que comenzaron mucho más atrás, cuando quise ser nada y todo, y una voraz intuición descarnó la necesidad de colarse en los trajes a medida.

Henry fue mi primer maestro, quien despertó la búsqueda de lo real hasta que G., después de las súplicas al cielo, cayó de una estrella:

Si a un “yo” desarbolado
de la lumbre de este in-mundo
a quemarropa,
de las ubres otoñales
que despuntan junto a ti.
Si a este “yo” deshojado
por el viento o su emisaria
de ala ancha.

Si superamos nuestro Walden y nos devoramos vivos y se posan en nuestro hombro los azulejos y en nuestros pies las lombrices y la compasión explota en nuestros corazones y nuestra existencia fuera la única definición de lo que somos… Si, de la mano de G. nos quemamos en el fuego, y quizá Y. baile ya libre y venga Emerson y nos sumerjamos en cada palabra de sus versos:

…en cada espira de la forma va el gusano
lucharse por alzarse hasta lo  humano.

Y si entonces diéramos cuenta de la verdadera libertad de nadie...

25/7/17

Periodismo mágico

El niño se cambió de asiento después de que un tipo que vendía helados y decía ser el capitán del barco se lo sugiriera: el riesgo, en un viaje por mar, era evidente. “Tampoco perderíamos mucho”, soltó la madre. Y el niño se adormiló en el chaleco de espuma mientras los cielos confabularon para que el mar se pintara de fluorescente.

En esas, llegamos a Santa Cruz del Islote, que a lo lejos no era más que una piña de hojalata; de cerca, un monumento a la fábula, a lo inverosímil, a atravesar todas las cosas con la misma aguja. Claro que a ello contribuyó que este gajito de piedra y tierra en el caribe colombiano, territorio del realismo mágico, se diga que es la isla más densamente poblada del mundo.

Ayer comencé a desmenuzar los apuntes de la visita, los olores de los pescados, la temperatura que había que soportar, las conversaciones, los cabreos de algún lugareño, el dulce de coco que nos ofrecieron, la herida en el pie que se hizo quien nos acompañaba. Todo eso debe caber en el reportaje que escriba: cómo se desgaja la luz filtrada, cómo cada rayo tiene su independencia y su calor y todos juntos forman un solo chorro, una sola voz en el papel.

No resulta fácil. 

Las historias que me gusta leer, las historias periodísticas, llevan en sus venas los sentidos que –supuestamente– no caben en una historia porque –aparentemente– las palabras no son conductoras de esa corriente, como si fueran madera o el rabo quebrado de una lagartija. Pero no concibo no cargar a esas palabras del bochorno que pasamos, de las personas apelotonadas, de la entrevista que le hice en calzoncillos al inspector de policía después de desvestirme en la iglesia (pidiendo permiso al pastor) y pegarme un baño.

No concibo esto sin preñar las palabras de lo vivido: de los muertos que mataban porque los enterraron al revés; de los funerales y el entierro en otra isla porque el islote es muy pequeño como para albergar un cementerio; del tajo en el pie de un venezolano, Orlando de nombre y Maduro de alias, al que tuvimos que subir –120 kilos– al puesto de salud. Solo había una enfermera de guardia, porque el enfermero estaba de vacaciones y el médico solo viene a esta isla aislada cinco días al mes, así que mientras ella cosía el boquete en el pie, dos niños le regaban el orificio con agua oxigenada y desinfectante. Después de dejar las manchas difuminadas de sangre en cada peldaño de las escaleras, tuvimos que sacarlo en camilla de la isla entre siete u ocho.

Una viejita me contó que tenía muchos tataranietos, que su marido había tenido otras mujeres, pero se llevaba bien con todas –“cada una en su casa”–; un maestro de escuela me dijo que la isla se hunde y que le hermandad es celestial. Otra mujer me dijo que ella “iba a decir la verdad sobre la isla”, incluido el asesinato de los paramilitares a un hombre en la plaza. Y el pastor, que predicaba sobre una antigua gallera –“donde hay sobreabundancia de sangre habrá sobreabundancia de gloria”, se justificó– me dijo que que su misión era “evangelizar la isla”

–¿Y lo conseguiréis?

–Sí. Amén.

Santa Cruz del Islote. Foto: Wado

21/7/17

Concord, cuna de la Revolución Americana

Ralph Waldo Emerson lo describió como «una mente tan libre y recta como ninguna otra que he conocido». Las palabras, anotadas en su diario en febrero de 1838, se referían a Henry David Thoreau (1817-1862), a quien había conocido un año antes. Thoreau era un joven de 19 años que aún estudiaba en Harvard y que, con el tiempo, se convertiría en un prolífico escritor, filósofo y naturalista que filtró a la historia una vasta sabiduría y un puñado de libros. Walden, el más universal.


Ambos eran vecinos de Concord, Massachusetts, una bonita población a 30 kilómetros de Boston que ya está preparando un particular festejo: el bicentenario del nacimiento de esta alma infinita.

«He viajado mucho en Concord», bromeó en Walden, una obra que nació de su estancia a la orilla de la laguna homónima, a las afueras de este pueblo donde el otoño de Nueva Inglaterra inflama en llamas su vegetación. La laguna en la que Thoreau habitó durante dos años es el reclamo más universal; una poza circundada de arena que posee el mismo semblante que él no se cansó de describir -pinos tea, algún pescador, el reflejo luminoso del bosque, el traqueteo del tren- y que acunó sus interminables horas.

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16/7/17

El nuevo rostro de Nueva Orleans

Natasha escuchó un rugido, como una explosión minera, y vio una masa ondulante de agua acercarse a su casa. Agrupó a su familia y se encaramaron en el tejado de casa, la mitad de una vivienda que compartían con otra familia. Allí estuvieron seis horas, hasta que los equipos de salvamento les subieron a una barca y los sacaron del Lower Ninth Ward, el barrio de Nueva Orleans en el que vivían.

Era el 29 de agosto y Natasha Mulllers, 30 años y una risa a borbotones, es una de las supervivientes del huracán Katrina, que se llevó la vida 1.800 personas y que dejó la ciudad arrasada. Los vientos y las fuertes marejadas rompieron el cinturón de diques de una ciudad que se encuentra por debajo del nivel del mar. El 80% quedó anegada durante semanas, pero doce años después Nueva Orleans sigue inmersa en otras aguas: las de una transformación sin precedentes.

Natasha regresó a su casa, a cuatro calles del Canal Industrial –cuyos muros, hoy reconstruidos, reventaron–, semanas después de su exilio en Alabama.Un barco de carga atravesaba su casa, deshecha. Se volvió a Alabama. “Ahora tengo una vida, con una familia y una nueva casa”, dice aliviada.

El Lower Ninth Ward (distrito 9 inferior) podría pasar por un barrio burgués encajado entre el Mississipi, un canal y un pantano, con construcciones vanguardistas y jardines aseados. Pero la tragedia se asoma en cimientos descarnados, casas abandonadas, carreteras devoradas por la hierba y las caras de dolor: la de propietarios que cuidan los terrenos donde hace una docena de años se levantaba su casa. La ciudad de Nueva Orleans ha empezado a expropiar los jardines que están enmarañados de vegetación para subastarlos, porque a estas alturas ya nadie los reclamará.

Este distrito a ras del agua y compuesto en un 98% por población negra, fue el barrio más castigado por la catástrofe; un barrio de familias obreras de bajos ingresos y desempleados –más de la mitad de los hombres negros de la ciudad lo están– de espíritu comunitario que contaban con una pequeña ventaja, porque el distrito tenía el mayor índice de viviendas en propiedad de toda la ciudad. Pero el huracán cambió esa suerte: al no tener deudas con el banco, tampoco tenían un seguro de hogar, obligatorio si se está pagando una hipoteca. Muchas familias perdieron todo.

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7/7/17

Las rutas de la muerte

Aquel año nadie lanzó cohetes el Día del Diablo, cuando los vecinos prenden fogatas para quemar las impurezas en sus vidas. Una multitud de personas colapsó los caminos de tierra, envueltos entre cobrizos troncos de jiote, hasta escurrirse en el cementerio donde hoy Orfa Padilla, de 54 años y con habilidad para caminar entre tumbas, dice:

—Allá es.

 Orfa señala, con el brazo extendido, la tumba de su hijo, a la que desciende con una destreza que no tuvo el 7 de diciembre de 2012, el día de su funeral.

 —Fue todo tan rápido, tan improvisado, que Chele no tenía un lugar asignado —recuerda su madre un día caluroso de este invierno seco.

El día anterior al del entierro habían velado el cadáver de José Rivera Padilla, “Chele”. La familia Orellana, propietaria del cementerio, le cedió a los Padilla un pequeño terreno. Orfa pagó el ladrillo y la argamasa, y sus hijos levantaron dos pequeñas tumba: una para su hermano, la otra para su ayudante, un hombre llamado Manuel.

Fue todo muy rápido: Chele había salido de casa el 6 de diciembre a las cinco de la mañana, como de costumbre, manejando el autobús de línea hasta la zona 1 de Ciudad de Guatemala. Pero a las nueve y media, a la altura de la ermita del Cerrito del Carmen, en pleno ombligo de la capital, lo asesinaron junto a Manuel. Llevaba un año trabajando como piloto. 

—Yo le dije: “No deberías de andar ahí” —explica Orfa, una mujer morena y gruesa, vestida con una larga falda y una camiseta sencilla sin mangas—, pero él me contó que se iba a ir en cuanto le dieran trabajo en la arrocera. Si él dejaba el autobús, me dijo, quién pagaría la luz y el agua. Solo él y el papá trabajaban. Chele sabía el riesgo que corría porque su amigo Valdemar había sido asesinado al volante dos años antes que él. A los siete meses de empezar a trabajar como chofer ya había sentido de cerca el silbido de las balas. Renunció y empezó a buscar otro empleo, pero dos semanas más tarde la situación parecía haberse calmado, la necesidad económica apretaba y el propietario del autobús le aseguró que ya no había peligro. Así que Chele empezó a trabajar de nuevo. 

Orfa supo que lo habían matado porque recibió una llamada de su marido: “Han baleado a Chele”. Tomó un taxi, llegó al lugar y vio la cinta amarilla que circundaba el autobús en el que su hijo y el ayudante habían sido asesinados a balazos. Comenzó a gritar, desesperada, “¡Lo mataron, lo mataron!”, pero no la dejaron pasar.

Chele tenía 23 años, una edad en la que aún no está permitido manejar autobuses, pero le ofrecieron el trabajo porque ya había conducido un camión de basuras, porque era responsable, porque todo el mundo le quería, porque las leyes en este oficio no son rígidas. Y porque en Guatemala nadie quiere ser chofer de autobuses.

 —Uno, dos, tres… cuento yo —explica Orfa en la colonia San Mauricio, Palencia, a 30 kilómetros de la capital, donde cuenta con los dedos al menos tres muertos en autobuses en dos años: Valdemar, Jennifer y su hijo.

La tumba de Chele, embadurnada de pintura esmeralda desconchada, está enfrente de la de Jennifer (1988-2014). Hasta el color es prestado; Orfa se da vuelta y señala una pared de nichos del mismo color donde está Marina, una mujer que murió con 88 años. A la familia de Marina le sobró verde esmeralda y se lo regalaron a Orfa. 

En la lápida de Chele, sus padres mandaron grabar un sombrero y un toro, porque él amaba los rodeos, los caballos, el jaripeo. Ahora hay un florero con dos tarros: claveles blancos en el derecho; rosas desteñidas en el izquierdo. Orfa quisiera llenarlo de macetas y de flores. Cubrirlo de pétalos. Pero —insiste— están de prestado.

—Los patojos dicen que a ver si lo compran y construyen ahí para arriba. Para cualquiera de nosotros: uno nunca sabe. Mira a mi esposo, está internado porque se puso a chupar de la pena.

La madre de Chele prefiere las flores artificiales porque las naturales se llenan de moscas y se las comen las vacas.


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5/7/17

Thoreau, el vecino ilustre de Concord

“En altura, estaba en el promedio; en figura era delgado, con miembros más largos de lo normal, o de los que hacía uso. Su cara, una vez vista, no podía olvidarse”. El poeta Ellery Chaning recordaba así a su amigo Henry David Thoreau de quien también dijo que su “mano apretada presagiaba un propósito”.

Thoreau es uno de los nombres claves de la literatura de Estados Unidos. Nacido en Concord en 1817, una apacible villa a 30 kilómetros de Boston (Massachusetts), no se conformó con teorizar acerca del individuo, sino que prefirió encarnarlo. Su propósito, en todo caso, fue el de ser fiel su naturaleza. Y eso es lo que le hizo aferrarse a sus principios como única brújula. Porque, alejado de las normas sociales, Thoreau hizo de su vida un canto a la sencillez y más en sintonía con las leyes de la naturaleza que de los hombres. 

Este precursor de la desobediencia civil huyó de toda convención y realizó todo tipo de oficios, desde fabricar lápices a maestro de escuela o agrimensor. Pero si sus ideas y ejemplo ha llegado a nuestros días es porque lo plasmó –con su ejemplo y palabras– en un reguero de libros. Walden, o la vida en los bosques es su obra más universal, en la que narra su estancia de dos años a la orilla de la laguna del mismo nombre. 

Thoreau se había graduado en Harvard a los 19 años, una época en la que ya se vislumbraba su rectitud. Si con 17 años le había dicho a un profesor, ante una exigencia académica y a modo de protesta, que no reconocía su autoridad, el joven estudiante acabó su etapa universitaria con una declaración de intenciones en la ceremonia de graduación. Allí pronuncio un discurso en el que afirmó que el espíritu comercial de esos tiempos generaba egoísmo y que solo se debería de trabajar un día a la semana; los seis restantes deberían de convertirse en “el domingo de los afectos y del alma”. 

En una época y un lugar fuertemente atravesados por la filosofía puritana del trabajo y el esfuerzo, las declaraciones del estudiante eran revolucionarias, pero ya apuntaban al corazón de la vida que iba a llevar. Era el año 1836 y aquel espíritu libre iba a recibir un espaldarazo: sacó de la biblioteca el ensayo Nature, que había escrito el año anterior el filósofo Ralph Waldo Emerson. Y, entonces, vio que no estaba solo.

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21/6/17

El pintor que abrió un museo por su divorcio

A Pedro Díaz Obregón la pintura —asegura— le ha evitado «hacer muchas tonterías», aunque no un divorcio traumático. Todo empezó ahí: se dolió tanto que de tanta sangre su pintura merodeó en lienzos que cubren ahora cinco salas del Museo Pobre del Pintor. «La pintura», dice «me absorbió».

Díaz Obregón no oculta aquel desgarro que aún colea, como intacto. No hay párrafo que no vaya acompañado de la coletilla «mi exmujer», ni dardo que no vaya contra su exmujer, pero al fin, aflojando, dice que no tiene una cruzada contra —de nuevo— su exmujer, sino contra el sistema judicial: 

—Me siento discriminado no como hombre, sino como bueno. 

Del divorcio hace ya muchos años —«pon el año 90»—; muchos más de la pintura —años 40—, pero el Museo Pobre del Pintor, a la sombra del monasterio franciscano en Soto Iruz, Cantabria, no tiene más de 15 años. 

Díaz Obregón tiene 79 años y unos ojos azules como el río Pas, que apenas balbucea en esta primavera seca a su paso por el pueblo, y unos ágiles dedos que han hibernado en los últimos meses. No le gusta pintar con frío, aunque para él lo más gélido es su historia. «Yo era el ser más despreciable de la humanidad», dice con una mueca. El episodio le costó la relación con sus tres hijos, que va retomando como a pequeños sorbos con uno de ellos, el varón.

—¿Sí?

—Después de 25 años y gracias a mi nuera. Las mujeres son más incisivas.

El divorció le llevó por delante, durante 25 años, el contacto con ellos, pero ahora se concede una tregua burlona porque «los tres chavales», dice, «estudiaron arte: ninguno costura, como mi ex».

La casa donde vive, pinta, maldice y expone la compró en 1982 cuando intuyó que tenía que tener un vientre de ballena donde recrear su mundo, hacer lo que le viniera en gana; ir, venir, salir, volver —o no—, entrar y dejar entrar. 

—Aquí no viene nadie: no sé si lo he pasado putas o canutas.

Dice Díaz Obregón, que más tarde contará que sí viene mucha gente (esta mañana tres coches llenos de una misma familia), cada día o tres caminantes que llegan desde un balneario cercano, otros a quienes les llega en un soplo que un pintor se pelea contra sí mismo en un museo que alguna vez fue una cuadra. 

Así ha llegado a media tarde un matrimonio de pensión anémica y ganas de apretar el gatillo, de desear tiempos de más orden, menos inmigrantes, más seguridad. Díaz Obregón, apretando los labios, es amable: deja que ambos se extiendan y magreen la realidad a su antojo. Entonces resuelve el discurso de ambos con un simpático «hombre, yo no creo que sea así». El matrimonio, afable, de esos que se han quemado las pestañas trabajando, dice que volverá al museo otro día. Díaz Obregón, defensor de causas perdidas, les responde:

—Pero yo volveré a hablar de lo mío.


Pedro Díaz Obregón. Foto: Guillermo Ezquerra

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18/6/17

La luz disimulada

Las luces en Concord están disimuladas. Es lo que me gusta de esta inmensa placenta donde germinaron, entre el silencio y un ligero rumor, grandes seres humanos: que sin mostrar enseñan, sin alumbrar guían, sin deslumbrar iluminan. Entre un humo de neblina y lluvia, todo lo que el cielo aquí envuelve es de esa naturaleza purificadora que sazonan los grillos, la lluvia que primero se anuncia en las hojas de los robles, luego cae en los párpados y después en el corazón.

En la alquimia del tiempo no se detienen los conductores, que siguen las señales de la carretera con absorción, ignorando que en las márgenes de sí mismos todo sacude como un vendaval. Este milagro de la historia tan revelador como la Academia de Atenas y sin embargo más disimulado, menos machacado y mezclado en el humus de la historia, parece más reservado al ojo que se posa en la verdad de modo menos evidente. 

Las luces de las casas y las calles en Concord, ya lo decíamos, están disimuladas. Pueden llover ráfagas de verdad, puede temblar lo único que importa, gritar lo único que es; los arces pueden enrojecer hasta la última consecuencia, las estrellas hincharse hasta reventar y los caminos acabar y empezar en casa de Emerson que los conductores seguirán aplastándose a sí mismos rumbo a Waltham y Lowell.

Llegando en tren, el revisor gritó Concord como primero lo había hecho con Lincoln, moviendo la pierna de nervios, como antes lo había hecho al anunciar que el tren se detenía en Belmont o había regañado a unos muchachos con bicicleta. Si yo fuera el revisor del tren y parara en Concord gritaría a los cuatro vientos que la próxima parada es “el lugar más estimable del mundo”, vientre de sabiduría, pistilo de la historia. Me dejaría la voz en decir que aquí está todo lo que el ser humano busca. Quizá alguien escuchara con el alma. 

A mí Concord me apasiona. No solo es la belleza de su centro y sus afueras. Es la piel y las costillas, el tallo y la sabia que corretea invisible. Concord es un néctar impredecible, es la sangre del cielo, las palabras minúsculas de los dioses que se pronuncian en voz baja, con la luz a medio gas y disimulada, como el oro mezclado con la tierra. En estas tierras quizá no broten ficus pero los pinos blanco, las manos de los robles y los arces rojos bien dan para repetir, 108 veces, quién soy yo.


Walden Pond.

8/6/17

Santi

... si sé mucho o no se nada
ya mañana se verá
y será lo que será

–José Feliciano


Santi me enseñó el jardín con esa curiosidad que los dioses tienen reservados a lo niños. Ellos son quienes perciben las cosas tal y como son y por eso señaló un árbol de tomates voladores que caían de un hilo. Después me llevó al fondo, hasta las plantas aromáticas resguardadas por un muro blanco, luego a unos arbustos en llamas “que no tenían fruto” y de los que, ocultos, despuntaban unas pequeñas vainas. Santi sabe.

Hará un par de días, sobre una servilleta en la mesa del comedor, empezó a diseñar una catapulta gigante. Quería unos neumáticos de coche para posar una maquinaria en la que quería lanzar lejos, muy lejos, algo. Aún no sabe qué. Tiene también preguntas maduras, como los tomates ya colorados que se descuelgan del árbol, y una actitud meditabunda. Cuando retumbaba el timbre, él salía corriendo de la casa y venía a abrir la puerta, con tres cerraduras, mientras le agarraba el morro al perro para que no se escabullera por la breve apertura. Santi es así.

Escribo desde Santiago (de Cali); estos dedos enfundados, esta cáscara que me cubre, se llama de algún modo Santiago puesto que Diego es una astilla de ese nombre. Pienso en Santi, de quien si estuviera en Concord y nevara y él saliera al jardín le fabricaría albarcas rudimentarias, como hacía él con sus sobrinos

Por cierto, G. estaba en Santiago (de Compostela) cuando alguien le chivó que debía de irse a vivir a Santander, cuyo patrono es Santiago. Ahora le acaba de nacer, sin previo aviso, Santiago, que es un poco de todos, como el cielo que nos acuna. Como que todos nos vamos ya encontrando.

Santi & Locky