29/1/18

Huellas Negras: el libro

Ya está disponible en las librerías Huellas Negras. Tras el Rastro de la esclavitud, libro que publica La Linea del Horizonte. Es un trabajo periodístico aunque no solo en el que llevo embarcado ya un tiempo. Este proyecto recibió el reconocimiento de la beca Michael Jacobs de crónica viajera 2017, otorgado por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), el Hay Festival y la Michael Jacobs Travel Writing Foundation.



¿De qué va este libro?

Un recorrido por la geografía de la historia a través de las huellas que dejó la tragedia de la esclavitud en diversos lugares del mundo. Con el testimonio de decenas de personas y durante miles de kilómetros, estas crónicas nos sumergen en las entrañas de algunos países donde aún se escuchan los ecos de la desventura, pues tres siglos de esclavitud y colonización marcaron a fuego el porvenir de muchas naciones. El autor da voz a sus descendientes y desgrana sus historias en una serie de reportajes realizados en Jamaica, Gambia, el sur de Estados Unidos, Colombia y Cuba, ejemplos de la diáspora negra en la actualidad. Cuestiones como la identidad, la memoria y la construcción del concepto de negritud se vuelcan en estas páginas como una tarea siempre inacabada y versátil.

Extractos

«Jamaica fue el primer destino al que puse rumbo para escribir las páginas que siguen. Después continué por Gambia, Estados Unidos, Colombia y Cuba. Han sido conversaciones con decenas de personas de los cinco países durante miles de kilómetros: muchas voces están dibujadas en esta media decena de lienzos; muchas otras aparecen de manera invisible; muchísimas más soportan estos textos que he sido incapaz de teñirlos con una mínima sombra de humor.»

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 «Varios países estudian e impulsan el concepto de negritud como una forma de identidad. Es una pregunta que he hecho a muchas personas en la elaboración de las crónicas. ¿Qué es ser negro? Las respuestas que he obtenido han sido siempre una idea prefabricada de lo negro, como una ficción construida por intelectuales y académicos. Y así, creo, es imposible vivir plenamente lo que somos más allá de las ideas: en realidad, cualquier idea que tengamos sobre nosotros mismos no hace sino impedir vivir lo que verdaderamente somos.» 

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 «Entre las especies de la naturaleza, sorprende que el ser humano sea el único que se revuelve en su propia inquietud, en su propia guerra, en su propia desesperación, algo que las comunidades indígenas y negras no sufren, ya que viven en cada latido vital.»

22/1/18

Permacultura en Cuba

En el límite entre una playa sin nombre y los sueños del viejo Santiago, el protagonista de El viejo y el mar, Rolando me enseñó su huerta. Hacía poco más de dos meses que el huracán Irma había desguazado la costa, empujado las olas más allá de las lechugas y cubierto los campos de Cojímar de troncos y chatarra. Cuando Rolando se acercó a los cultivos, se le hundió el ánimo y pensó que jamás recuperaría aquel lugar. 

Rolando es permacultor, uno de esos atributos que no pueden separarse de la ambición más pura del ser humano: cuidar de sí mismo. Yo había llegado tras entrevistar a Cari, la directora de un programa de permacultura de una de esas fundaciones cubanas con nombre humanista (Fundacion Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre). Cari me contó que en Cuba hay ya más de 1.200 personas que cultivan, y comienzan a vivir, bajo los parámetros de la permacultura, una disciplina que apuesta por el respeto de la vida en todas sus dimensiones. Es decir: adherirse a su curso armónico y circular.

  

La naturaleza es bondadosa. Después de que el mar cabalgara por su huerta, dejando una capa de sal, lleva semanas lloviendo. La sal se disuelve y Rolando, esperanzado, me explica las técnicas que lleva aplicando los últimos tiempos al campo y a su vida. “Yo pensaba que no era machista”, me explica, “pero después me dado cuenta de que sí, y la permacultura me ha favorecido mucho”.

 –¿En qué más has cambiado?

 –Nunca fui competente–, me dice–, ni esclavo del dinero, pero la permacultura me ayuda muchísimo a cerrar el ciclo, a ver las cosas de manera más integral. Vino a poner el punto que faltaba en mi vida. 

Días antes había tomado un autobús para conocer las huertas de Blanca y Jesús en el barrio del Sevillano, a quienes pedí semillas y me explicaron el diseño de sus huertos, incluidos las zonas de robo. ¿Zonas de robo?, pregunté, sorprendido, a Blanca. Sí, me respondió: las que dan al río y a la carretera, y por eso planta árboles y plátanos como muro. Las hortalizas, más codiciadas, están adentro, así que quienes arrancan las frutas –“por necesidad”, matiza Blanca– es el peaje de cultivar aquí.

De allí me traje las semillas y el anhelo de cerrar mi ciclo; también el elogio más sencillo, hondo y precioso que he recibido nunca y que me atravesó, después de estar media mañana con Cari en su despacho. Entonces telefoneó a Jesús y le dijo que iría a visitarle. “Es periodista”, le dijo, “pero tiene aspecto de permacultor”. 

Ahora, fines de enero, me preocupa el tiempo de plantar las patatas. Estaré fuera un tiempo, justo en la época de su siembra: si las adelanto a febrero aún podrán caer heladas; si las atraso a mayo, será tarde, aunque por el momento confío en una respuesta que Virgilio nos da en sus Geórgicas:

Otras lecciones varias
que legado nos han nuestros abuelos
darán rumbo acertado a tus desvelos
mostrándote las vías necesarias.


Que marzo nos pille preparados. 

16/1/18

Los judíos errantes se refugian en Guatemala

“¡Mil árboles de mango!”. El campamento se esparce a los dos lados del camino: primero un anuncio de la comunidad -“Para los refugiados que son víctimas del odio falso e injustificable”- y después las pequeñas casas de lona negra con número pintados. Entre medias, una maraña de árboles. “Cada uno da 2.000 frutas…”, calcula el rabino Uriel Goldman.

En la inmensa finca hay tierras, un río, bosques y montañas que Goldman, 46 años, 14 hijos, barba y tirabuzones ásperos, aún no ha recorrido por completo. “Nunca he subido por esas montañas”, explica en un castellano trastabillado en estos campos de Oratorio, a cien kilómetros de Ciudad de Guatemala. Es el hogar de Lev Tahor, una comunidad judía ultraortodoxa que cayó en Guatemala en 2014 después de abandonar Israel -expulsada por la presión judicial y mediática- y pasar por Estados Unidos y Canadá. La causa, aseguran ellos, siempre ha sido la misma. “Nosotros somos antisionistas: esa es la raíz de toda nuestra persecución. Estamos del lado de la Torá, y vemos que el Estado de Israel deja espacio a lo religioso, pero no lo es”, sostiene Goldman.

Shlomo Helbrans fundó Lev Tahor -“Corazón Puro”- en los años ochenta. Poco después se mudó a Nueva York como líder espiritual de una comunidad formada actualmente por 70 familias. Tras ser acusado de secuestrar a un menor que se acercó a recibir sus enseñanzas, pasó dos años en la cárcel y fue deportado a Israel. En el año 2001, Helbrans se mudó a Quebec con una visa temporal que se convirtió en asilo político. Canadá se lo había concedido y el Ministerio de Inmigración lo respaldó: “Es una persona que necesita protección”.

Así, entre investigaciones de maltrato infantil, la secta -a la que medios israelíes denominan "judíos talibanes"- llegó a Guatemala. Ahora son cerca de 500 miembros. “Yo busco la verdad y vivir fielmente a Dios: estoy aquí porque es lo más cercano a la verdad, al judaísmo puro. No cumplimos las leyes como esclavos, sino con amor. Y esta comunidad es el resultado de muchos años de persecución”, aclara, con amabilidad, Sholem Abrham Yitzjok, de 32 años y expublicista; una amabilidad desconfiada, ya que cargan con denuncias, exilios, investigaciones y deportaciones a sus espaldas. Los 'músculos' de Lev Tahor están cansados y Sholem muestra todo tipo de documentación para respaldar, con el brío de sus convicciones, la lucha: “La mayoría de los judíos lo son porque nacieron judíos, pero no tienen un sentido; nosotros sí”.


Foto: Santiago Billy

14/1/18

Margaret Fuller

Margaret Fuller era una mujer orgullosa y sabia. Nació en Massachusetts en 1810, cuando ser mujer –y más de peso público– no era la situación más fácil para desenvolverse en los Estados Unidos puritanos del siglo XIX. Pero ella rompió las ataduras mentales hasta convertirse en una de las escritoras claves del feminismo y la independencia de la incipiente nación.

Era una revolucionaria, por dentro y por fuera, por lo que el desembarco de su libro Verano en los lagos, de la mano de La línea del horizonte en España, supone un importante espejo para estos tiempos: uno comprueba que, lejos de resolverse ciertos problemas, se han agravado con el tiempo.

Era mayo de 1843 y Margaret inició este viaje hacia los Grandes Lagos que desmigó en un libro en el que desde la primera página, escrita en las cataratas del Niágara, resume en un instante su propósito no solo del viaje, sino vital: «Una visión tan grandiosa pronto nos satisface, dejándonos contentos con su imagen y con lo que es inferior a su imagen. Nuestros deseos, una vez realizados, nos obsesionan menos. Al haber vivido un día podemos partir y ser merecedores de vivir otro».


Se sabía que Margaret Fuller había dado su estirón intelectual entre algodones, como ella misma le escribió a su amiga Caroline Sturgis en una carta: «Siempre ocupo mi posición natural, y cuanto más veo más siento que es regia. Sin trono, cetro ni guardia, ¡pero reina!». Y aunque su estela sigue la historia de los círculos trascendentalistas, este libro de viajes que mezcla lo poético, las maravillosas descripciones de la naturaleza y la bondad de los nativos nos saca de trilladas teorías para poner en práctica una vida sublime. 

Y ese es, precisamente, el núcleo del trascendentalismo –«pensar es actuar»–, así que los cuatro meses que pasó por los Grandes Lagos fueron una gran puesta en práctica de un anhelo. «Estoy harta de libros y de trabajo intelectual. Anhelo extender las alas y vivir al aire libre; tan solo ver y sentir», como le había escrito a su amigo y admirado Ralph W. Emerson. Este viaje, con 33 años, era su oportunidad.

Lejos quedaba la ingenuidad que cargaba en 1835 en su primer gran viaje, donde en Long Island conoció al poeta Sam Ward y, al volver de dar un paseo, anotó en su cuaderno que no le había caído bien: la honestidad y la verdad en carne viva ya se asomaban en una mujer de 25 años, aunque –hay que decirlo– llegaron a ser grandes amigos. «Esa fachada defensiva adoptada por una personalidad sensible y orgullosa se desvanecía, mostrando dotes raras y logros sólidos», escribió sobre ella Ward en sus memorias cuando tenía 80 años. «Todo lo que yo sabía», continuaba, «ella lo sabía con la misma profundidad y desde el punto de vista más moderno».

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27/12/17

Las palomas mensajeras de Cuba

En las aldeas remotas de Cuba aún se utilizan palomas mensajeras. Durante las últimas elecciones municipales del pasado mes de noviembre, solo en la provincia de Guantánamo se emplearon 400 palomas para «asegurar el envío de los partes desde asentamientos intrincados», según el presidente de la Federación Colombófila de la provincia. Guantánamo está en el extremo oriental del país, donde los vientos alisios se estampan contra las montañas del norte; de los 10 municipios que tiene, seis solicitaron palomas para el proceso electoral.

Después de la votación, las engancharon los informes y las aves volaron a casa de sus propietarios que, diligentemente, llevaron los resultados a las diferentes comisiones electorales. Sin embargo, el uso generalizado de estas aves domesticadas tiene otros usos.

«Es un medio de entretenimiento», sostiene Rafael González, secretario de la Sociedad Colombófila de la provincia de La Habana. «Es mi pasión y me relaja. Anoche estuve hasta las once de la noche en el palomar. Allí entreno a las palomas, les doy medicinas, les quito bichos, les reviso la garganta, les veo comportamientos o hago cruces entre ellas». 

Rafael es un hombre hablador y apasionado que habla en la sede de la delegación de La Habana, en el descascarillado Centro Habana. En casa tiene 100 palomas con las que compite durante la temporada que comienza en julio. El campeonato nacional está compuesto por 17 vuelos de tres categorías diferentes y comienzan con una suelta: lanzan al aire, como si arrojaran un puñado de polvo, destino a sus casas. Los vuelos en este país alargado son de hasta 920 kilómetros. «Y porque se nos acaba la isla», intermedia Inés Barros, trabajadora de la sociedad.




29/11/17

Lo que entra en Cuba no sale

La primera vez que estuve en Cuba fue durante un año, y me traje besos: muchos besos. De entre las cosas que escribí en esa tierra recuerdo una pregunta que me hice: “¿A quién no le han besado en La Habana?” Ahora los besos vienen y van por el aire porque es difícil estar en Cuba y no sentir, como un huracán, ese poderoso imán de lo que somos. No lo cuestiono.

De Cuba me traigo muchas cosas, aunque se dice que lo que entra allí no sale. Y de algún modo es cierto porque me dejé muchas cosas –entre otras, un pedazo de vida y las zapatillas de correr– y me costó salir de allí: cuesta salir desde un lugar donde la vida es tan furiosamente nueva cada día. Recordé lo que le escribió García Lorca a su madre: “Esta isla es un paraíso… si yo me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba”. En algún momento se me trastabillaron las palabras y me dieron ganas de gritar, en mitad del malecón, que me buscaran en Cantabria o en Cuba. Alguna vez los barcos conectaban las dos tierras.

Creo que lo que a un extraño le gusta de los lugares en los que se adentra son sus gentes, y una vez más supe que las de allí son de lo más apacibles y generosas del planeta. No exagero. En esta parte del mundo, con una democracia recalentadísima a base aceite mal quemado, no les gusta que allá gobiernen los mismos de siempre, como si aquí fuera muy diferente. Pero es cierto: hay cosas tan evidentes que negarlas sería amputar la realidad, que no siempre es al antojo de uno o de nadie, aunque si quien le gobierna a uno es ningún deseo, creo que se puede acceder a lo cotidiano con mayor claridad. Así que lo que hice en La Habana fue escuchar y no juzgar, porque quién es uno para juzgar lo lejano y ajeno.

Me lo resumió un chico que estaba hasta el gorro del sistema político una noche de esas que salí a pasear entre las callejuelas, como en tiempos de Drake: “La libertad está en el pensamiento”. Y, por pensar, pensé que tampoco aquello era del todo cierto si uno piensa con la arcilla moldeada por otras manos, pero sabíamos de qué hablaba.

Tan obvio como que La Habana echa musgo es que es una ciudad apasionante. A ratos se caen edificios y los vecinos no se detienen demasiado porque tienen cosas mejor que hacer. ¿Y los viejos? Pareciera que no existen. “Esos viejos de La Habana Vieja que son bien jodedores…”, me dijo Rolando, entre carcajadas, para referirse a los jubilados divertidos que fueron a su finca en Cojímar y decidieron dormir en tiendas de campaña para seguir la fiesta. Rolando, a quien el huracán Irma le encharcó las huertas, ha vuelto a cultivar. Como si el mar creyese que puede acabar con la furia cubana.

Un día fui a buscar un libro a la librería y, entre sesudos tratados marxistas, la historia del azúcar y la lírica política de este sindiós, saqué alguna cosa que nunca leí pero cargué en la mochila y, no sé, alguna utilidad tendrá. ¿Recordarme que la Providencia también bromea?

De La Habana traje libros, tabaco, un pequeño amago de tostado en la cara, anotaciones, semillas para la huerta. Conocí a un par de babalaos sacerdotes yorubas, uno más parlanchín que el otro, que pisó tierra y confesó que su único papel era interpretar a Orula. Entonces me acordé de lo que Margaret Fuller nos dice en Verano en los lagos: “Seamos completamente naturales antes de preocuparnos por lo sobrenatural”.

Dormí varios días en su casa y por la mañana me hacía un desayuno a base de huevos, pimienta y queso mientras yo trataba de despegar los párpados escuchando santos, credos y adivinaciones, y preguntándole cómo se encontraba esa mañana: el babalao, de sacrificar palomas para las santificaciones, había cogido alguna enfermedad. Claro que él, un tipo maravilloso, me ayudaba a salir de allí pensando que yo había estado en Marte, quizá porque Cuba entera es un delirio entero en las fiebres de Occidente.

Una tarde en Matanzas.

23/11/17

Volví de La Habana

 Voy por las calles tan contenta
y no llevo más que tu nombre.

Gloria Fuertes



Desmigaja la aventura
de otra noche mal dormida;
en tu luz de lucernario
qué dulce sabe la vida.

Confieso la ignorancia
de las brasas en otras alas.
Y las plumas, y las ramas,
y las puertas de otras casas.

De lejos, las lentes del alma;
de cerca, la ausencia colmada
de tierra y una mañana
a veces del cielo, otras con balas.

Volví de La Habana,
me asomé a la ventana
y vi bandadas de olas
dibujando tu cara.

22/11/17

El último campanero artesano

Al principio, Abel Portilla dudó de la propuesta, pero lo que parecían ideas extravagantes de un grupo de Barcelona se fueron volviendo tan evidentes que a Abel, ahora, no le queda más remedio que reconocerlo:

 —Poco a poco me di cuenta de que sabían, que aportaban.

Los visitantes le fueron contado el proyecto que una de las mujeres imaginó: construir un poblado en una finca de doce hectáreas donde los niños crecieran sanos, conectados al profundo sentir, a los objetivos que el progreso ha despreciado. Entre dos cerros, soñó la mujer, instalaría una campana para que su reverberación alcanzara toda la extensión. Portilla la fabricará.

Portilla hace campanas con las manos: de un kilo, de cien, de mil. A los 58 años calcula que habrá hecho más de 4.000, así que tampoco es extraño que esta mañana de octubre una pequeña cuadrilla haya venido con una idea poco convencional. Portilla desdobla una página arrugada y en el papel se despliega un corazón con tres definiciones de lo que somos: «Únicos», «Complementarios» y «Uno».

—¿Y lo que está escrito debajo?

—Yo les decía a ellos que cuanto menos sepan los artesanos, mucho mejor.

Una mujer, entonces, definió lo que él quería decir y ha recogido debajo: «Sabiduría natural».

El pequeño grupo de personas que ha visitado el taller viene de las cumbres sociales catalanas, pero tras educar a una generación en la universidad y en los asideros intelectuales del siglo XX, se dieron cuenta de que aquellas promesas no prometían nada. «Que han aprendido mucho pero no han aprendido nada», resume el campanero.

De su boca sale un castellano cantarín moldeado por el viento sur que sopla a menudo en Cantabria y crispa las ramas, las aguas y los nervios: cualquiera diría que nació en Pedreña, al otro lado de la bahía de Santander, tierra de mariscadoras, golfistas y ganado, porque ese tono es más propio de las montañas que del mar. Entre ambas —la costa y el interior— también ha estado por la mañana junto a los clientes: en Vierna, donde tiene una casa museo construida en el siglo XVI.

Una mujer del grupo le dijo, durante la visita, que aquel era un lugar con energía especial. Él comenzó a desperezar los seis sentidos y la imagen de la propuesta estrambótica se resquebrajó un poco más porque allí mismo, siglos atrás, había un hospital de peregrinos del camino de Santiago. 

Todo esto es lo que le ha pasado a Portilla esta mañana de octubre con viento de nordeste.

—Pero esta historia igual no viene a cuento, ¿no?

       
 Vídeo: Marcos Bardón


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22/10/17

La excusa

Mi corazón tiene la forma milenaria de una boñiga de toro.

Federico G. Lorca


Que sea mi musa,
que sea mi excusa,
la lengua de fuego
que arrasa, que arrastra,
que quema
los vientos
del tiempo que atrasa
el amor y sus brasas.

Que sea mi musa
la excusa que abusa
del tiempo en desuso,
del viento y su curso.

Que sean los cielos
las nubes, mi casa,
el viejo bandido
que arrasa
las paredes del alma.

Que seas mi musa
la excusa que vuelve al destino,
mi huida
al final del camino.
De todo te acuso:
de salvarme la vida.

20/9/17

El pequeño Manhattan del Caribe

Entre todos los vecinos que fueron al último entierro de Santa Cruz del Islote había más de 20 apellidos. Esta erupción de corales tiene 10.000 metros cuadrados, así que a los muertos los despiden la mayoría de los vecinos: los Hidalgo, los De Hoyos, los Cardales, los Julio o los Cortés. Justiniano, fallecido hace casi un año, era un Morelos.

-Pero aquí no hay ningún cementerio.

-Sí, señor: allá, en la otra isla, con bóvedas y lápidas.

Rocío de Hoyos extiende el brazo hacia Tintipán, adonde los pescadores dirigen las chalupas cargadas de vecinos los días esporádicos de funeral. El islote es una piña con un centenar de casas de hojalata y cemento frente al golfo de Morrosquillo, en el departamento de Bolívar, Colombia, y no hay espacio para cultivar maíz, criar animales o enterrar vecinos. Cada habitante tiene 20 metros cuadrados de espacio: no es raro que a este pedazo de rocas se le atribuya ser la isla más densamente poblada del planeta.

«Es bonito cuando vamos a enterrar a una persona y se ve una caravana de botes», dice Rocío, presidenta del Consejo Comunitario de Santa Cruz del Islote, una de las 10 islas del Archipiélago de San Bernardo que aún asoma la espalda. En la década de los 50, cuando el islote ardió y el fuego se llevó los cerdos, las gallinas y las pocas casas, había 16 islas.

Pero el mayor cambio ha venido en los últimos años. 

En el 2013, a las instituciones -en cuyos archivos había registradas seis casas- llegó el rumor de que 1.200 personas vivían amontonadas en un lugar remoto y minúsculo. Hicieron cálculos, se asustaron de aquella barbaridad poblacional, emitieron una orden de desalojo y ordenaron un censo que finalmente pinchó aquel bulo: los propios habitantes habían contribuido a inflar la exageración. El recuento fijó la población en 492 personas. Al isleño le gustaba exagerar y la realidad no le desilusionó del todo, porque aquí la densidad de población es de 50.000 habitantes por kilómetro cuadrado, el doble que en Manhattan.

«No éramos visibles para el Estado, que solo venía a recoger votos cuando había elecciones», dice Rocío, líder de esta comunidad afrodescendiente. Una ley de 1993 reconocía los derechos de las comunidades negras y la formación de Consejos Comunitarios como modo de organización. La noticia, 40 minutos mar adentro en lancha, llegó 20 años después.

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Foto: Luis Miguel 'Wado' Charris